Empieza neutral y decide si la calidez del momento pide un leve empuje hacia los ámbar. Evita saturaciones globales que rompan la naturalidad del horizonte. Usa ajustes locales sobre nubes o fachadas específicas, y modera la vibrancia para no aplastar matices. Recuerda: el espectador confía cuando el color cuenta la hora, sin gritarla.
Para escenas con fuerte contraste, combina varias exposiciones con cuidado, sin halos. Controla el histograma y protege las luces del cielo; las sombras de piedra admiten recuperación moderada. Emplea máscaras suaves y transiciones amplias, como la luz real. Si el ojo cree que estuvo allí, habrás logrado una edición invisible y, por ello, poderosa.
Realza la textura de la muralla con claridad acotada y reserva la nitidez global para el horizonte. Evita sobreenfocar cielos, donde el ruido se delata. Trabaja por zonas, con atención a bordes arquitectónicos. Un grano discreto puede unificar la escena. Menos efectos, más intención: la edición debe desaparecer para que la mirada permanezca.
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